José Francisco Robles

Voces de la tarde

 

Voces de la tarde

 

 

 

  

 

Lejos de Ítaca

 

Como Odiseo,

tocando cielos y vagando lejos de Ítaca,

he revuelto el mar buscando

Circes y Polifemos benignos,

bebiendo en úlceras de alabastro

el precioso licor de las distancias.

 

La vida es una cosa

que pasa en otra parte.

Se mide en el viento

que llega con hojas y colores,

cuya belleza trae la noticia

de que aquello que vemos

es el preámbulo de una ola

que busca el amor de la tierra.

 

Pero, ¿qué son tiempo y distancia?

 

No hay para ellos definición posible.

Solo son, quizás,

un espacio llamado aire,

delgado manto de gases

que acaricia el pecho de las aguas.

 

Las ardientes manos del tiempo y la distancia

me ofrendan frutos

que al mítico navegante alguna vez negaron:

una lumbre y una ventana

para ver lo que está más allá de la noche.

 

 

 

 

 

Parábola del agua

 

Te irás como yo me fui

a una costa tranquila y lejana.

 

Te irás hacia la esquina

que esconde las manos del sol

bajo muelles luminosos

que acercan las distancias

entre horizontes.

 

No volverás,

como yo no volví.

 

Te convertirás en ave

en el mismo nido

en que yo me convertí

en polvo.

 

El viento te ofrendará sus voces.

Entre sus murmullos

me escucharás hablar de los días

como quien habla

de lo que ya no tiene.

 

Seremos el ruido del agua

que se va y que no vuelve,

de la ola que llega

y parece ser

la misma que se fue.

 

Todo es diverso de sí mismo,

como la música, como la arena.

 

Recuerdo ahora

aquella ola que vimos un día

llegar y partir

sin siquiera alcanzar

el fruto de su nombre.

 

El mundo se va despacio

sin su arena.

Se va yendo bajo sus aguas

sin despedida alguna.

 

Dice que volverá un día

de su largo viaje aguas abajo.

 

Pero sabemos que aquello

que se va con el agua

olvida su camino

de regreso a la tierra.

 

 

 

 

 

Voces de la tarde

 

Un cielo de arena cruza

la tierra que palpita bajo nuestros párpados.

Las ventanas desaparecen

tras la luz que llega,

y entra el tiempo a nuestro hogar

que perdura en las sombras.

 

Por una arteria luminosa

regresa el remolino que cubría

el débil pecho de mi infancia.

 

Regresa para derramar sus gruesas sales,

para plantar árboles en el agua abandonada.

 

Se descubre el ser

que en el crepúsculo retorna a su árbol

para ocultarse tras él.

Allí cierne el polen de sus helechos

y calla en su noche cuando la lluvia

se guarda y se entibia en sus ojos.

 

La voz de esta tarde,

pensé,

es una piedra liviana y verde

crecida en las orillas de un río.

 

Es un viento que se reúne en estas hojas,

en el azufre de estas hojas,

como si fuese una abeja ciega

posada en mi corazón.

 

 

 

 

 

Fuegos nocturnos

 

Luz de luna cernida

sobre la sagrada virtud de lo irrepetible,

¿cómo creaste al pájaro y su alpiste,

mientras tu limpia voz recorría

las ondas que en el cielo

dejaba la remadura de los peces?

 

Aquellos laberintos del agua

forman un horizonte sin medida,

una cicatriz de lo infinito

que se abre en la luz como la sombra

de los que aun estamos vivos.

 

Nadie sabrá la voluntad perseguida

por los caminos de esta noche.

 

Tránsito que nadie sabrá

bajo esta luz lunar

que revela a cada ser

medido por su tiniebla:

esa esfera hundida en el cielo nocturno

gira la cabeza en un círculo perfecto.

 

Se escuchan venir, volver,

los pasos del amor enloquecido.

Cuánto amor ha crecido

dentro de este vaso

lleno de flores secas,

consumidas en aceites humanos.

 

Cuánto amor se aparece

desde los pliegues,

desde los rincones apartados de la vista,

apuntando con su esquina

el filo de las cosas:

hojas de muerte, cristales,

violentas gotas de carne

que se quedan en mí dormidas.

 

Luz de esta noche,

¿cómo has creado

ese amor, esas aguas

que manan en lo oscuro?

 

No hay destino

para lo que veo,

solo amor que perdura

en el retorno de estos caminos.

 

Nadie sabrá la voluntad perseguida

por los caminos de esta noche.

 

 

 

 

 

Tepoztlán

 

Todas las noches del mundo

suben su agua oscura

por los ojos de estos árboles.

Y se sientan a mirar

los espejos de los tejados,

las hormigas muertas que dejó el día,

los hocicos mojados de los perros

que beben su último charco

y se despiden de unas manos frías.

 

Mudo mundo entrando en la flor

como una abeja sin zumbido.

 

En todas las noches del mundo

la vida sube tan alto

que trae gigantes de enormes dedos

que rompen en estrellas

el olvidado rumor del cielo.

 

Tinieblas blancas ocultan todo,

luminosas como heridas de la mañana.

 

En todas las noches del mundo,

como en esta noche,

se escucha a la abeja beber dormida la vida,

efímera reina de la memoria.

 

 

 

-De Especies (Granada: Valparaíso, 2022)

 

 

 

 

José Francisco Robles (Santiago de Chile, 1979). Es escritor y académico de la Universidad de Washington en Seattle, Estados Unidos. Ha escrito ensayos y artículos dedicados a la relación entre ciencia, filosofía y literatura en la temprana modernidad. Sus publicaciones más recientes son su libro Polemics, Literature, and Knowledge in Eighteenth-Century Mexico: A New World for the Republic of Letters (Voltaire Foundation, University of Oxford / Liverpool University Press, 2021) y su traducción ––junto a Elizabeth Hochberg–– de una selección de la poesía de Vicente Huidobro, publicada bajo el título de Poetry is a Celestial Attack /La poesía es un atentado celeste (University of Washington/RIL Editores/Fundación Vicente Huidobro). Actualmente, forma parte del equipo editor de una colección de antologías de poesía iberoamericana que serán publicadas tanto en inglés como en castellano. Su primer libro de poesía, Especies, ha sido recientemente publicado en Granada, España, por Valparaíso (2022). En estos momentos prepara dos nuevos volúmenes de poesía: La isla blanca y Emblems & Paradoxes / Emblemas y paradojas (bilingüe).       

Written by Mario Meléndez

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