Réquiem para frutas suicidas

Atravieso el olvido en la barca de Caronte

 

Atravieso el olvido en la barca de Caronte

 

 

 

 

Atravieso el olvido* en la barca de Caronte

Atravieso el olvido en la barca de Caronte y los muertos que saludan son como tú, no tienen tumba para ocultar sus viejos huesos, los vaciaron a una fosa clandestina o alentaron a los perros de guardarlos bajo llave.

Por eso nadan de espaldas en un mar de rostros indios, donde no hay palas ni gusanos, un mar de cruces tempestuosas, donde algunos espectros reman apresurados para llegar a casa al amanecer.

El Purgatorio tiene hoteles de lujo, asegura el barquero, cabañas con vista al Leteo y al Estigia. Al hacer el check-in, las ánimas recogerán su equipaje y lo pondrán junto a otros en una pira infinita.

Aquí no necesita esos trapos, le dirán convencidas, a lo más un hilo dental para limpiar ciertos molares que irán cayendo cada vez que reconozca algún tipo en las vías del tren.

Se paseará desnudo por los desagües y los subterráneos. Los ratones le darán la espalda o lo tratarán con el látigo de la indiferencia. Las hormigas irán a misa por usted, pero no rezarán ni se darán la paz entre ellas.

Hallará en oferta una camisa de fuerza dos tallas más grandes. No crea que es un sueño. No gaste sus últimos óbolos. La dejaron en el rincón de los cereales para no devolverla a su sitio.

Mejor ocupe su crédito en un pack de herramientas multiuso, en madera nativa, y consulte a Caronte si sabe de balsas, canoas, piraguas secretas, si él mismo se ofrece a llevarlo de vuelta a pesar de los falsos guardacostas.

No haga la locura de lanzarse a nado. Se agotará a las pocas brazadas y los espectros resentidos lo arrastrarán al fondo silbando la canción del adiós. Allí lo aguardará una inquieta fosa con túneles donde podrá salir a estirar las piernas.

El Infierno asemeja al Jardín de las delicias, dirá un tipo apodado el Bosco que, según las malas lenguas, navegó los ríos del inframundo, mientras pintaba su obra maestra sobre tres tablas de náufrago.

El verdadero nombre de Caronte es Alighieri. Lo verá limpiando sus remos en el Muelle de los errantes, donde venden los mejores ceviches y el jugo de mango sabe a piedra caliza. La misma que ocupó Miguel Ángel para esculpir el culo de Dios.

*Leteo o río del olvido. Uno de los cinco ríos del inframundo según la mitología griega.

 

 

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El conserje de un hotel en llamas

El jorobado de Notre Dame es el conserje de un hotel en llamas que está a pasos de la Rue Morgue, comenta Juana de Arco de camino a la hoguera.

Los ancestros de Dios arriendan habitaciones baratas, cuyas ventanas dan a muros con pasajes del Evangelio.

No dan propina a los botones que semejan estatuas de sal. Tampoco a las sirvientas que bailan sobre la cama de un faquir.

Nadie ocupa los ascensores que crujen como fósiles marinos ni menos las escaleras que parecen puentes levadizos.

Entre sábanas heridas, los amantes escriben su epitafio en letras de molde. Le pedirán a Verlaine que las retoque con su culo reseco.

En un baño sin luz, el espectro de Cerdan hace guantes frente al espejo. El espejo devuelve los golpes y a los pocos segundos nuestro héroe queda knockout.

Las gárgolas fuman en la azotea y miran a un París deshilachado. Se tomarán un año sabático para visitar los nueve círculos del infierno.

Vienen a retirar un cadáver de la habitación 32. Es Marat con las venas cortadas, revela el parte policial. Se lo llevan en un furgón escolar.

La morgue queda lejos, asegura una monja vegana. Mejor lo arrojan al Sena como hicieron las musas con Celan.

Alguien creyó ver a George Sand seduciendo al Principito en la vieja lavandería. Cada vez le gustan más jóvenes, comentan las enfermeras del asilo para enanos recién inaugurado.

Un mesero llamado Rimbaud ha pedido el día libre. Se verá con su amante de turno en los Campos Elíseos. Le llevará de regalo el ancla de un barco ebrio.

Debajo del Pont Neuf, tres gatos celebran sus últimas vidas. Una rata los mira con nostalgia antes de arrojarse a las traviesas aguas.

Una niña tararea en la piscina No me arrepiento de nada. Semeja un ruiseñor, comenta una violinista* que espera en el lobby su pasaje de avión.

En el salón de honor, el conde de Montecristo juega brisca con su sombra. Ha perdido diez kilos, pero ya tiene las pruebas de su próxima novela La insoportable levedad de Dumas.

La madre de Napoleón se ha atrincherado en la cocina, prepara un budín para las hormigas que llegarán puntuales a llevarse la lengua de Josefina.

Artaud ha salido del manicomio con permiso dominical, visitará a un jefe tarahumara enterrado en el jardín de las delicias.

Noticia de última hora: La catedral de Rouen se ha desplomado, los bomberos sacan de los escombros las pantuflas de Monet.

Por los parlantes de la Torre Eiffel, se oye la tos de Chopin.

*Ginette Neveu. Violinista francesa que falleció en un accidente de aviación en las islas Azores (1949), en donde también viajaba el boxeador Marcel Cerdan.

 

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Manda fruta, querido Leo

No se habían retirado los dioses del olimpo a sus cuarteles, cuando ya las pulgas se paseaban con los huesos de Vallejo por la Rue Morgue y las gárgolas rasgueaban su obituario en los muros de Notre Dame.

Desde un manicomio en ruinas, Artaud le escribe a Panero: Manda fruta, querido Leo, que las brevas se han ido a las nubes.

En la tumba de George Sand los gusanos juegan a los dados. Chopin los amenaza con su tos crepuscular.

Isidora increpa a unas moscas por dejar su traje como un lienzo de Pollock. Danzará vistiendo una bandera también apolillada.

La corbata de Esenin ondea en los alambres de púa. Su cadáver se niega a recitar un verso a la revolución.

A nadie le falta Dios, dijo un viejo astronauta al ver a Josefina en brazos de un panteonero.

Robespierre ha perdido la cabeza por cierta musa en calzoncillos, aseguró el verdugo besando su oxidada guillotina.

En los Campos Elíseos venderían salchichas veganas si no fueran tan saladas, aseguró una actriz porno que engrasaba las aspas del Moulin Rouge.

Qué ridículo se ve Duchamp tratando de escalar la Torre Eiffel. Lleva un urinario atado a la cintura.

Picasso parece un niño extraviado en un antro de Avignon. Si lo atrapan, pasará una temporada en el infierno ¿Quién cuidará sus máscaras sagradas?

Atraviesan carros blindados por el Arco del triunfo en homenaje a de Gaulle. Los últimos SS huyen del Palacio de Versalles, se rendirán al amanecer viendo El gran dictador.

Desnos piensa que al salir de Terezin escribirá sus falsas memorias. Tanto ha soñado con ellas que ha perdido la realidad.

Aznavour espera su sesión de espiritismo cantando a dúo con su sombra. Invocarán a Debussy bajo una luna menguante.

Un grillo silba La Marsellesa en el césped del PSG*. Medio estadio se muerde los labios para no llorar. El espectro de Matisse recorre las gradas alentando a los barristas. Le hará un retrato a quien anote en los descuentos.

*Paris Saint-Germain.

 

 

 

(Réquiem para frutas suicidas. Poesía casi selecta. RIL editores, 2022)

Written by Mario Meléndez

Catalina González Restrepo