Jeremy Paden

El ángel de las casas abandonadas

 

El ángel de las casas abandonadas

 

 

 

 

 

El ángel de las casas abandonadas

 

ya no encuentra el alojamiento de antes

pisos en el mero centro de la ciudad

 

cuando piensa haber encontrado cuarto

con baño y cocina

 

cuando por fin cree tener lugar

donde pueda invitar mota y partícula

 

a descansar para que sirvan de cobija

a las repisas y encimeras

 

entra y se encuentra con vivienda

en obras, con apartamento hipotecado

 

en plena preparativa para ser arrendado

a corto plazo, a turistas de paso

 

el ángel de las casas abandonadas

ya no busca asilo en los centros urbanos

 

se va a las viejas casas de familia

sabe que una casa necesita ser habitada

 

que las paredes se desmoronan

sin niños que las manchen con sus manos

 

el ángel de las casas abandonadas

busca lo lejano, se alberga en lo olvidado

 

e invita al zorro, a la lechuza

al lince, extiende su hospitalidad

 

al murciélago y a toda clase de animal

que necesite madriguera o ponedero

 

pero ya no, ya no busca habitación

en los centros, allí donde todo tiene que rendir

 

donde lo inútil, lo infructuoso se encuentra desahuciado

condenado a vivir en las afueras, en los baldíos

 

 

 

 

Autorretrato como un par de zapatos

 

no el nuevo par sin estrenar, no el par

que cuelga de cables como suicidio

colectivo, grafiti urbano sumido en mitos

 

y leyendas – aunque vamos, también he sido

legendario, como el par de Van Gogh

que nadie sabe si los compró

 

en el rastro para usarlos él mismo

o porque su aura pedía ser pintado

zapatos que Heidegger creerá ser de labradoras

 

trigueras que habitan y andan por su mundo rústico

como las vacas de Nietzsche – que por vacuno

no se preocupan de la historia –

 

zapatos, en fin, que no son nada

más que zapatos a la mano

¡qué barbaridad! lector no te culpo

 

si tiras este libro al río donde seguro quedará

varado entre las raíces de un sauce

con todos los otros deshechos: bolsas

 

de papitas, envases de refresco

latas de sardinas, calcetines, calzoncillos

y un zapato huérfano

 

 

 

 

La casa con un mango en el patio

 

Había una vez en una calle sin salida una casa

con un mango en el patio nunca sin flor

y siempre con fruto, si sabes algo

de mangos, me dirás, deja ya de contar

esas magias del siglo pasado, mentiras

de las que dicen los que no pueden con la verdad.

 

En la esquina de ese callejón vivía una panadera

que hacía las mejores rosquillas. Eran años

de racionamiento y revolución, aun así encontraba

la harina y el azúcar, la canela y el aceite

y algunas mañanas rastreábamos los chelines

para comprarle sus bollos, calientitos y recién azucarados.

 

Si te digo que en el techo de esa casa vivía

una iguana regordita por comerse tantos mangos,

todavía no me creerás, pero se soleaba cada mañana

en el muro bajo el mango y los vecinos,

quizá esto te convenza, querían desesperadamente

cazarla para hacer de ella una sopa de garrobo.

 

Cada tarde en esa casa se comía mango con sal,

chile y limón, ya no me importa si no me crees,

pero había una vez en una calle sin salida una casa

con un mango en el patio que siempre echaba brotes

nuevos cuando los últimos mangos de la cosecha

previa estaban verdes y duros como almendras.

 

Y de noche descendía sobre la casa una diablura

de ratas, mientras la madre brincaba en su cama de agua

el padre las perseguía por todo el hogar con su bate

de béisbol sin nunca dar el golpe de gracia,

noche tras noche las ratas y el palo por la casa,

y una noche el padre se resbaló y se dio contra la puerta,

 

Y despertó la horda de termitas y cucarachas

que vivían en la madera y que salieron como un río,

como si dentro de la puerta durmiera el ángel

con la copa de plagas. No, no vengo a contarte

cuentos de hadas, una vez había en una calle sin salida

una casa donde una iguana vivía en un paraíso de mangos.

 

  

 

 

Autorretrato como tríptico de rinocerontes

 

Yo soy el rinoceronte             de Durero

unicornio monstruoso de doble cuerno

 

Soy la Clara que gusta de tabaco y de cerveza

celebrada por toda Europa

 

Soy la abada huérfana, pasada de mano

en mano como postal erótico gastado

 

Yo soy el monoceronte blindado

soy maravilla, soy leyenda hecha carne

 

No me digan abadesa, aunque haya sido obsequiada

a reyes y a vicarios Medici

 

Soy el rinoceronte de Durero

animal que él nunca viera con ojos propios

 

Soy la mascota cegada para ser mejor controlada

soy la broma pesada de Felipe II

 

Yo soy la Clara, la adicta, la borracha

encarcelada y por cirrosis achacada

 

Soy el monoceronte náufrago

en alta mar ahogado

 

 

 

 

Los que nos abrasamos acá abajo​

Di lo que quieras de Nerón, de ese comilón gordo

que nunca se negó ningún apetito ni antojo,

di lo que quieras de vomitorios y purgas,

de perlas desleídas en vinagre y esclavos

para limpiar las babas. Di lo que quieras

de violines y liras ¿protestaremos nimiedades?

¿que si instrumentos de cuerda? ¿que si salidas?

Roma arde, imputa el incendio al que quieras.

Di lo que dirás de los que bailamos al compás

del titileo de las llamas. Quizá nosotros éramos

los que prendimos la hoguera. Quizá Nerón.

Quizá por fin una de sus antorchas humanas

se bajó de su ardorosa cruz y vestido sólo de esa luz

y ese calor que consumía su carne corrió

por la ciudad. Di lo que quieras. Pero el saltarín

que toca las cuerdas y que gira por el fuego

no es Nerón, sino nosotros acá extasiados.

 

 

 

 

Bocetos del artista como hombre que se envejece

 

Después de pintarse como Cristo

abandonó los autorretratos,

pero no dejó de dibujar esbozos.

 

A los treinta y tres, Durero, desnudo,

pluma y pincel sobre papel verde,

a plena vista su pene lacio.

 

Una mano escondida detrás

de la espalda, la otra cercenada

a la altura del codo – artista manqué

 

que esconde las manos que han grabado

cada tendón y cada arruga

de la piel de unas manos unidas

 

en oración o dobladas sobre

una biblia, de unos dedos que enhebran

una aguja, que señalan algo, alguien,

 

de unas manos que han estudiado

la geometría de sus propias manos

para mejor entender su oficio.

 

A los cuarenta, de prisa, dibuja

con pluma y acuarela un mensaje

para servirle de ojos al médico

 

en su consulta. La tinta sombrea

un cuerpo todavía muscular.

Vestido sólo de taparrabos.

 

Sus ojos llaman al público,

su pelo suelto, largo, desciende

más allá de los hombros, guían

 

la mirada al brazo, luego al codo,

al antebrazo, al dedo que marca

el torso, el costado llagado.

 

De su puño y letra escribe:

Allí donde la mancha amarilla,

donde señala el dedo, me duele.

 

Durero, artista dolorido, aquejado,

no in extremis, sino en camino,

artista como Varón de Dolores.

 

A los cincuenta, su último autorretrato,

los hombros caídos, el cabello ralo,

los pechos fláccidos, un flagelo de escobas

 

en una mano, un vergajo de nueve colas

en la otra, los comienzos de una barriguita.

El cuerpo del artista hecho estragos

 

por los años y por unas manos

que usan el arte como talismán,

artista como un penitente humillado

 

que intercede por la soberbia

de un hombre que se dedica a la belleza,

al oficio divino de recrear el mundo.

 

 

 

 

-Textos pertenecientes a su libro Autorretrato como una iguana (Valparaíso USA, 2021).

 

 

 

 

 

 

Jeremy Paden (Milán, 1974). Poeta, crítico literario y traductor. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Emory. Nacido en Italia, criado en Centroamérica y el Caribe, ejerce como profesor de lengua y literatura hispana en la Universidad de Transylvania y como docente de traducción literaria en el programa de maestría de la Universidad de Spalding University, las dos instituciones están en Kentucky, EEUU. Es autor de varios libros de poesía en inglés y español, es traductor de varios poetas de lengua española y autor de ensayos sobre la Hispanoamérica colonial.

Written by Mario Meléndez

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